Historias de LLafranc (Capítulo V: Las dos huérfanas).


RESUMEN DE LO PUBLICADO

Flo es el príncipe heredero del Reino de Aragó, el mas próspero e influyente del Mare Nostrum. Acaba de quedar huérfano, con un poco de ayuda de su médico y mentor Arius. Se aposenta en su palacio real en Morvedre, Villa y Corte, donde hace limpieza y prepara su camarilla para disfrutar de la vida. Inicia el proceso de creación del nuevo harén real, y comienza a buscar hetairas por métodos muy legales. Aprovecha el luto oficial y visita a su tío y tutor el Virrey Ibnrazin. Este lo sorprende con su sabiduría y le proporciona su primer harén. Las cinco chicas que componen el lote tienen historias muy distintas y suculentas.

ENTREGA Nº 5

LAS DOS HUERFANITAS

Nuri fue fabricada como clon. Equivocadamente fue rechazada para el papel que tenía encomendado: guerrera y guarda jurado, así que, pensando que crecería torcida y deforme fue enviada a una granja en el Gran Plá en la Catalunya Central. Así se conocía el orfanato o lugar donde se adiestraba a los chicos y chicas, futuros esclavos que pudieran ser útiles entre tanto desperdicio humano. Los que no se pudieran aprovechar servirían de pienso. Así eran las cosas en tierras dominadas.

En la granja creció y conoció a una niña de su edad que nació sorda y muda y que todos conocían como Tata. Al menos ella atendía a ese nombre al leer los labios del que lo pronunciaba. Nuri era morena y fuerte; Tata rubia y delicada aunque no tenía complexión débil, mas bien lo contrario, era anchita de cuerpo y tenía fortaleza. Por ello trabajaban juntas en una tarea fatigosa de reciclar PVC. Los supervisores de la granja se apercibieron muy pronto del error cometido con Nuri pero la clásica manera de hacer las cosas en la Administración Pública consistente en mantenella y no enmendalla no modificó su status de montar piezas estúpidamente. Con los años su superioridad era tan manifiesta que los gansos de los capataces la trasladaron para que hiciera su trabajo a pesar de su corta edad, adquiriendo cada vez mas responsabilidades para que aquellos gandulearan todo el tiempo. Nuri protegía a su amiguita y se hacía respetar por su capacidad y cualidades innatas, amén de su fiereza y mal genio. Al caer la noche las nenas descansaban juntitas, desnuditas y abrazadas amorosamente - sin malicia de momento -.

Hasta que una noche ocurrió: Nuri tenía su mano sobre el regazo de Tata que a causa de un sueño comenzó a moverse rozando su sexito con el dedo de su amiga. El movimiento continuó inconsciente y placenteramente hasta que acabó de despertarse. Dándose cuenta de lo que pasaba tomó la mano de Nuri y se la restregó acariciándose el coñito notándolo humedito y suave. Nuri se despertó. Inmediatamente captó lo que ocurría y siguió jugando con su dedo en la cosita mojadita de Tata, metiéndolo en el agujerito o rodando sobre una puntita durita mientras jadeaba notando a su vez una excitación hasta ese momento desconocida. Con su cuerpo casi encima por pura intuición puso sus labios sobre el incipiente pezoncito de la rubita que soltaba un gemido a la vez que metía su manita en la entrepierna de Nuri lo que aumentó el gusto que sentía sobresaltándose de placer. Las dos chicas estaban a cien. Así estuvieron larga rato entre roces y caricias. Se besaron en la boca y en los pechos y en el vientre sin dejar de acariciarse largamente las parrusitas. Nuri fue la primera en comenzar a temblar y sentir como el pecho le oprimía para, a continuación sentir un extraño e incontrolable goce espasmódico que la dejó exhausta y vacía por dentro. Tata se había quedado quieta mirándola sorprendida. Nuri la tumbó y puso su boca sobre su figa abierta y jugosa en un acto del subconsciente colectivo lamiendo de abajo arriba. Tata lanzó un hondo suspiro; pensaba desfallecer hasta que suave y mansamente se corrió. Las chicas acababan de descubrir lo que daban de sí sus púberes cuerpecitos.

Y así pasaron las mejores años de su vida, mientras se magreaban y se relamían su coñito y se propinaban estocadas con la lengua en ojete cada noche, floreciendo cómo dos orquídeas: una parecía un brillante tallado con mil aristas otra una joya de oro pulido. Cuando la pubertad las sorprendió fueron separadas del primer estadio de La Granja. Llegados a este punto podían pasar al status de disponibles para la esclavitud para ser vendidas por el Estado o tomadas a su servicio, o bien servir de distracción al populacho en ejecuciones públicas, privadas o en comidas de ricachones, dependiendo del estado físico en que se encontraran. Ambas superaron el examen pasando a un pabellón sólo para chicas. Los vagos de los guardianes y capataces hicieron continuar al Nuri en su anterior trabajo mientras que Tata pasaba a labores de la tierra, pero no que no eran demasiado pesados para ella. Así que la felicidad continúo hasta el día fatídico que la sorda fue víctima de la lascivia de un capataz que hacía tiempo que le había echado el ojo. Como Nuri protegía a su amiga de cama y de todo lo demás, mientras estuvieron juntas no hubo nada que hacer, pero la morenita tenía que separarse durante la jornada laboral de la zona donde se encontraba Tata, y el sátiro aprovecho la ocasión.

Con una excusa la llevó a un bosque cercano al huerto, un lugar que ni pintado donde había un tronco de pino gigantesco tumbado y seco. Allí quitó la ropa de Tata y totalmente desnuda le apoyó sobre el tronco apartando sus muslos y piernas atándolas a unas estacas que había preparado previamente. Estaba amarrada al pilón y lista para el suplicio. El guarda la violó, primero por la vagina y después por vía anal. Tata lloraba sin cesar. Después de aliviarse el muy cabrón, por si le acusaban se había preparado la coartada de darle una buena zurra, y aunque le acusara se inventaría alguna excusa, ya que no podía follarse uno a las futuras esclavas. Después le echaría al muerto a algún esclavo y diría que la había castigado por ello. Así que con el látigo reglamentario comenzó a fustigarle la espalda, nalgas y muslitos de Tata de forma especialmente cruel cuando le daba a su sexo, golpeando en sentido longitudinal y dejando marcados los nudos del látigo en el valle de los placeres. Era un flagelo corto que dejaba una señal púrpura cada vez que golpeaba en la blanca piel de la nena, que gemía y lloraba sin descanso. Cuando pensó que era suficiente, Tata tenía el cuerpo de pena. La abandonó sin soltarla, esperando que por un golpe de suerte se la merendaran las alimañas. De esta forma no tendría que dar explicaciones.

la buscaron durante dos días. Nuri estaba destrozada. Buscaba y buscaba día y noche, hasta que la casualidad quiso que uno de los guardas persiguiendo a su perro la encontrara medio muerta. Fue llevada a la enfermería donde los cuidados de Nuri, que obtuvo permiso para ello, hicieron el milagro, quedando casi sin huellas aparentes. Tata estaba aterrorizada pero al final con su lenguaje particular que sólo Nuri entendía le explicó los sucedido. Nuri juró venganza.

Para llevarla a cabo no tuvo que esperar demasiado. Una jauría de lobos merodeaba por los alrededores poniendo en peligro las manadas de ovejas. Los guardianes, Nuri entre ellos, fueron por parejas a su búsqueda. La casualidad quiso unirla al verdugo de Tata. A salir de vigilancia, Nuri, conociendo el carácter libidinoso de su acompañante, trazó un plan: se insinuaría al cerdo para que saliera de la ruta prevista con la promesa de dejarse sodomizar. El tipo cayó en la trampa y sugirió un lugar en el bosque, exactamente el sitio ya conocido donde había torturado a Tata. Un sexto sentido dijo a Nuri que allí había sucedido todo y que allí tendría que hacerlo. Al llegar al lugar donde se había consumado el sacrificio, y junto al árbol caído, Nuri tomó al guardián y lo tiró al suelo con una llave, haciéndole creer que era una hembra apasionada. El tipejo, sorprendido primero, excitado después al ver que Nuri se quitaba la pechera y le pasaba las tetas por su cara - disimulando su asco - como tomando la iniciativa, se dejó hacer. Vago hasta final.

Nuri, se echó atrás sobre sus rodillas, y le quitó los calzones, dejando a la vista un pobre instrumento pero todo tieso. Comenzó a pasarle la lengua por el frenillo, aguantando de nuevo la náusea y pensando que era la puntita de Tata. Nuri nunca había tenido relaciones con tíos pero obedeciendo a su intuición pasó los labios húmedos por las tetillas del capataz; el fulano que tenía un concepto del erotismo de un saltamontes, se cansó y puso a Nuri de rodillas. Después tomó su polla con la mano para introducirla en la boca de la chica. Nuri lo hizo y empezó a felar el asqueroso miembro que se puso erecto del todo. Cuando ella intuyó por la hinchazón de las venillas que el tío iba a correrse, se preparó para el mordisco. Cuando ese momento en que el pijo se para porque viene lo inevitable, Nuri dio el golpe, con tal violencia, que lo partió como si fueran un flan. Quedó con la caperulla en la boca y llenándose la cara de sangre y semen tal como si el tronco talado fuera una manguera.

El capataz gritando como un poseso fue rodando por los suelos desangrándose, mientras Nuri se levantaba, después de limpiarse la boca lo amordazó al mismo tronco en que había violado a su amiga. Lo ató panza arriba mientras más sangre seguía mandando. Y le decía: cabrón, haber si puedes conmigo en lugar de pobres chicas. Después tomó una daga y lo abrió en canal desde el cuello hasta los testículos. Separó los músculos del vientre y sacó sus intestinos e hígado al aire con la esperanza de que los lobos y buitres acudieran al olor y se lo trapiñaran. Después lo desató, y todavía vivo esperó a que muriera. Tardó cuatro horas en hacerlo. Como no tenían que volver hasta el atardecer, corrió hacia su ruta marcada sola por si salían a buscarlos. Nadie lo hizo, y a la hora prevista volvió a la granja, donde pregunto por su acompañante, diciendo que se había separado a primera hora porque quería ver unas trampas. Todos los hombres eran cazadores, y el capataz desbudellado las tenía en un bosque cercano, en lugares secretos para que no le chafaran los sitios adecuados. Teniendo en cuenta que la zona estaba plagada de ellos sería como buscar una aguja en un pajar. Nuri nada dijo a Tata de lo sucedido y esta no llego a descubrirlo. Al principio la cosa pareció ir bien pero el cadáver al fin fue descubierto a los nueve días , consumido por los buitres y otras alimañas, sin aparentes rastros de violencia.

En circunstancias normales el caso hubiera sido sobreseido y Nuri nada debería de temer pero.. ay; en lugar de dar carpetazo al asunto sin complicarse la vida como era el deber de todo funcionario, el jefe del campo-granja tenía una afición secreta. Desde joven llevaba detrás como un tesoro un viejo arcón adquirido en las colonias del Norte, lleno de libros anteriores a la era digital, todos ellos de misterio, escritos por gente muy rara con dos o mas nombres: Erle Standley Gardner, Vazquez Montalbán, Philip Marlowe... Su preferido era uno de cuatro: Sir Arthur Conan Doyle. Se lo sabía casi de memoria. Amaba tanto a su protagonista que se consideraba a sí mismo como un irregular de Baker Street. Así que se dirigió al lugar de autos con su lupa y empezó a rastrear. No tardó en relacionar lo que observó con una de las narraciones, Estudio en Escarlata. La tierra húmeda del bosque estaba llena de huellas, con el tipo de suela de las sandalias reglamentarias de los guardas, pero de dos tamaños. Como todos eran gigantones, ¿ quien podía calzar un 38?; pues la chica. Elemental querido Watson.

Nuri estaba tumbada durmiendo con Tata, dando oyó que llamaban a la puerta preguntando por ella. Se puso el uniforme y acompañó a la guardia sin sospechar que sabían todo lo sucedido. La llevaron en presencia del jefe de la granja y la interrogaron, y cuando ella negó todo conocimiento del asunto un vergazo tremendo en su espalda la dejó sin aliento. El bestia del jefe de la guardia, un gigante que medía dos metros y pesaba ciento ochenta kilos la tomó de los cabellos y la levantó en el aire conminándola a hablar. Nuri, sabiéndose perdida espero a recuperar el aire en sus pulmones y con toda la fuerza de que fue capaz arreó un rodillazo en los huevos del bruto. Un sonido líquido, un grito, y dejar caer a la muchacha el suelo fue todo uno. Inmediatamente los guardianes que quedaron se lanzaron sobre ella y, aunque uno de ellos se quedó sin ojo, finalmente fue reducida y encadenada, tras lo cual le arrancaron el peto y el resto de sus vestidos, dejándola desnuda tirada en suelo, donde comenzaron a golpearla con toda la saña de que fueron capaces, con los garrotes reglamentarios, hasta que cayeron al suelo agotados los tres guardias que quedaban útiles.

El jefe del campo abrió un expediente dónde anotó todo lo sucedido para remitirlo ante la Delegación del Gobierno, convocó al personal liberto y esclavo a la sala de juntas; allí mostró a Nuri desnuda y encadenada. Tata al ver a su amiga en ese estado rompió a llorar, cayendo en la cuenta la muy estúpida de lo que había sucedido y sintiéndose culpable. El juez y jefe, un tipo sádico, leyó los cargos dónde sentenciaba a muerte a la esclava, dejando al del cojón reventado y al tuerto de elegir la forma de hacerlo. éstos ya habían trazado un plan: en un montículo próximo, no demasiado lejos del campo, clavaron cuatro estacas gruesas de aproximadamente un metro de altura, usando a Nuri como bestia de carga, desnuda y llena de cadenas. Transportaron al montículo vigas y pilares y tablas de madera para hacer un sombrajo que hicieron construir a la condenada a golpe de látigo. Cuando el tenderete estuvo listo ataron a Nuri boca arriba por brazos y piernas a las astas ayudados por caballos percherones, tensándola de tal norma que le dislocaron las muñecas y tobillos. Tensa como una cuerda de arco.

Y comenzó el sacrificio: cada atardecer subían al montículo los guardas y todo el voluntario que se apuntarse a azotar a Nuri hasta que les viniese en gana. Descansaban bajo el tejadillo y volvían a la carga tantas veces como les apetecía. Cada noche era un suplicio pero el día era aún peor, puesto que el sol secaba la carne viva y el dolor y el hedor iban unidos. Al quinto día milagrosamente Nuri seguía viva, ya que Tata aprovechaba el sueño de los verdugos para dar de beber y alimentar a su pareja, y pasarle un bálsamo que había preparado una vieja arpía del campo (a cambio de gozar de sus encantos, naturalmente), y terminar lamiendo las heridas de Nuri delicadamente y también porqué no decirlo, lujuriosamente. Al décimo día aparecieron los buitres que, tímidamente primero y decididamente después, comenzaron a picotear a las partes blandas de la pobre chica: el pecho, la barriguita, el monte de Venus. Menos mal que estaba maciza como una roca, además de tensada por las cuerdas, lo que impidió que las bestias traspasaran los músculos del vientre y comieran sus entrañas, lo que habría significado el final de Nuri. La fortuna quiso que en ese momento apareciera Mussa, buscando material. Al ver lo que pasaba dio varias palmas y los buitres, valientes ellos, desaparecieron y se apostaron en un árbol cercano.

El cazatalentos se acercó y observó que Nuri tenía el plexo solar y el vientre agujereados, y a punto de ser visibles los intestinos y otras vísceras. Mussa tenía acciones en la granja, ya que se trataba de una empresa mixta, y exigió al jefe que le informara del porqué una posible transacción comercial era alimento de carroñeros. Musa tenía informes de la evolución del personal femenino del campo, y muy buenas referencias de Nuri. Así que, todavía viva, fue trasladada a la enfermería donde su médico personal, discípulo no demasiado aventajado de Arius, en sus tiempos de cátedro en Montpeller intentó salvar lo salvable.

A pesar de que el médico hizo un buen trabajo Nuri quedó con unas cicatrices muy evidentes, huecos en sus carnes blandas y con manchas en su tronco. Fue una suerte que los pajarracos no se comieran sus ojos y que su cara fuera respetada mínimamente. Musa partió hacía su granja en el Empordá, y al regreso Nuri estaba recuperada. Ella y Tata fueron empaquetadas hacia el centro de distribución en el galeón de Mussa. Tenían diecinueve años.

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